Variedades Minoritarias en Arribes del Duero: la importancia de la esencia
Fermoselle, el pueblo donde confluyen geográfica y naturalmente las provincias, es uno de los puntos clave de la viticultura de variedades recuperadas, ya que en él se encuentran más de 158 hectáreas de esta Denominación de Origen.
El auge de la novedad y la sofisticación en nuestra sociedad exporta su objetivo hasta el mundo del vino, un mundo en el que, hace unos años, parecía estar todo hecho y dicho. Pero nuevas aperturas mentales y científicas nos llevan a buscar la esencia del legado vinícola y con él, aparecen las variedades minoritarias y autóctonas. Se considera una variedad minoritaria de uva aquella que tienen menos de 1.000 hectáreas en toda España, según datos del Ministerio de Agricultura, por tanto, emergen como la diferencia vitivinícola que toda bodega o denominación de origen busca.
La especie Vitis Vinífera en todo el mundo incluye hasta 6.000 castas de uva distintas, muchas de ellas aún por desentrañar. Según González se debe tener en cuenta que una variedad local no siempre es autóctona ni una variedad minoritaria debe ser antigua. En términos generales:
"una variedad es también antigua cuando se cultiva en ese lugar desde hace mucho tiempo, pero es muy difícil precisar la escala de referencia. Se complica, además, si se tiene presente que apenas hay datos físicos que nos aporten información clara del momento de introducción, pues una variedad puede ser muy antigua, pero no ser local. Las dificultades para localizar el origen de una variedad también surgen del cambio de nombre que experimentan las mismas al pasar de una región a otra".
En España, nueve variedades copan el 80% de la superficie plantada, con un potencial de 174 variedades autóctonas y 41 minoritarias, según traslada Cabello. De ahí que, en la actualidad, la tendencia de prospección y recolección se oriente a recuperar variedades minoritarias o autóctonas en casi la totalidad de las provincias españolas.
Castilla y León es la región más extensa de Europa y cuenta con 68.377 hectáreas de viñedo y Arribes del Duero cuenta con una de las agriculturas vitivinícolas más antiguas que se conocen, remontándose a épocas protohistóricas. A pesar de caracterizarse por un entorno rural, con pérdida determinante de población; recoge un rico y diverso patrimonio tanto histórico, como cultural y natural que se ha transmitido de generación en generación a través de la frontera hispano-lusa, salmantina y zamorana. Fermoselle, el pueblo donde confluyen geográfica y naturalmente las provincias, es uno de los puntos clave de la viticultura de variedades recuperadas, ya que en él se encuentran más de 158 hectáreas de esta Denominación de Origen.

Nombres de lo más originales
Arribes en general y la localidad de Fermoselle en particular expresan una experiencia natural y cultural como pocas. Desde su impresionante orografía de recortes y valles, pasando por su flora y fauna autóctonas, ha sabido guardar la esencia de esta tierra que hoy nos da el vino. Las variedades minoritarias de Arribes reciben nombres de lo más originales: Bruñal, Juan García, Mandón, Bastardillo Chico, Gajo Arroba y Tinta Jeromo para tintos, y Malvasía Castellana, Puesta en Cruz y Verdejo Colorao para blancos.

Estas variedades tienen una gran adaptabilidad al clima y al suelo de la zona, lo que ha permitido que se cultiven y produzcan durante siglos, sobre todo en los bancales, las laderas de los ríos Duero y Tormes, donde se dan condiciones climáticas especiales, más cálidas. La agricultura en los bancales es milenaria y se ha dado en los más recónditos lugares del mundo y el tiempo, desde los territorios del Imperio Inca hasta Asia, pasando por el Mediterráneo, dado el gran beneficio que supone en la tierra: se protege la biodiversidad, ya que se crean reservorios o segmentos ecosistémicos de flora y fauna autóctonas, se contiene el barrido de las tierras que se producen con lluvias fuertes y protegen contra los incendios, ya que la tierra cultivada elimina hierba seca, donde el fuego se propaga de manera rápida.
Los suelos de Arribes también dan a los vinos una personalidad única: el granito, con un alto porcentaje de cuarzo y mica, que se convierte en una especie de espejo natural, que refleja la luz, aumentando ésta a los racimos.

La mayor parte de estas variedades han estado durante años en peligro de extinción, ya que, en muchas ocasiones, su cultivo había dejado de ser rentable dada su generalizada baja productividad y a la falta de demanda por parte de los clientes y comerciantes. Sin embargo, en estos últimos años, importantes bodegas de la zona como Pascual Fernández ha puesto el foco en ellas y en su recuperación natural y cultural. Además, en nuestra tierra arribeña, estas castas se mantuvieron porque no se produjo una transformación mayoritaria de viñedos viejos por cultivos de variedades preferentes o de moda, por el tipo de propiedad privada, basada en los minifundios y dada la accidentalidad del terreno, con grandes laderas y profundos valles, muchos viñedos se han visto beneficiados por el aislamiento, lo que se traduce en una importancia genética sin precedentes.
La riqueza vitivinícola de la zona es considerable, más si sumamos su carácter histórico y tradicional, lo que otorga un importante valor añadido. Con el resurgir de las variedades locales y minoritarias, unidas a sus viejas vides de cultivo tradicional en bancales, con esa “agricultura heroica” y las nuevas formas de estudio se busca dotar al entorno de una “Enoteca Natural” sin precedentes en nuestra tierra y por supuesto, en nuestros vinos.
Reportaje elaborado por Almudena Navarro Zamora y Eduardo Cosme teniendo en cuenta las obras de Anta Rodriguez, E; Arranz,C., Rubio. J.A., Ortiz, J.M., Martín, J.P. y Yuste, J.; González Alonso, I.